Mostrando entradas con la etiqueta colectivo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta colectivo. Mostrar todas las entradas

sábado, 31 de agosto de 2013

CAPÍTULO 51: UN CAMPAMENTO PERMANENTE: POZO COLORADO




En el autobús un hombre se me acerca. Casi llegando a mi destino y sin conocerlo de nada, me dice que me debo bajar en la parada próxima con él. Le pido referencias y finalmente un instinto me lleva a fiarme, o todo sale bien, o esto es el final. Extranjera, con maletas y cachibaches electrónicos en el km 280 de la ruta transchaco. Nada a la derecha, nada a la izquierda, sólo oscuridad y penumbra mientras los grillos susurran. Por suerte era cierta su historia: es un oblato y una voluntaria que se dirigen al igual que yo al colegio-internado San Isidro de los hermanos de La Salle y las monjas de San José de Cluny.
En plena noche nos quedamos en medio de una carretera casi sin nombre, esperando ver en el horizonte unos faros que nos recojan y nos lleven a algún lugar seguro. A los diez minutos, aparece un jeep, levantando polvo desde un camino de tierra; resulta que nos habíamos bajado en otro lugar diferente al que deberíamos haberlo hecho, de ahí el retraso. Entre risas y anécdotas del viaje, nos dirigimos, unos 2 kms hacia adentro de la ruta, hasta encontrarnos con el letrero que nos indica que ya hemos llegado.
No es un colegio al uso, sino que parece un terreno gigante en el que decenas de construcciones de un piso nos reciben. El oblato que me acompaña y la voluntaria se bajan primero, eso ya me hace pensar que esto es grande.
Unos metros más adelante nuestro coche nos deja en la puerta de una casa de un tono verde-azulado muy entrañable y un perro de bellos colores nos recibe en la puerta. La hermana Raquel, quien salió a nuestro encuentro con el jeep, me guía al interior de la casa donde me encuentro con el resto: la hermana Vicenta, la hermana Valentina y mi querida hermana Eulalia. Ella fue de las primeras que conocí a mi llegada a Asunción y el hecho de que se llame como yo y vengamos ambas de Galicia, la convierte inmediatamente en mi abuela postiza. Es dulce y cariñosa, entrañable y fuerte a pesar de los años. 
Con la hermana Vicenta, hacemos un mini tour por la cocina, el comedor y los edificios encontrándonos a cada paso con más cabezas pequeñas en perfecta coordinación para el turno de cena. Ya sea llevando ollas con comida, preparando las mesas o esperando que toque la campana, me sorprende ver como las niñas que me encuentro están tan bien organizadas. "Aquí desde que llegan, ya les enseñamos unas tareas. Colaborar entre todos es la clave, sino sería un caos" comenta la hermana Vicenta.
Se sorprenden al verme y algunas tímidamente se acercan a preguntarme mi nombre, increíble como en cuanto te ven ya te abrazan. No dejo de pensar cuánto extrañarán sus casas, sus padres y qué difícil debe ser la distancia cuando es impuesta. Estas niñas y niños, casi 300 entre varones y mujeres, son hijos de los trabajadores de las granjas del Chaco, aquí conocidas como estancias.
Las estancias son latifundios en los que los trabajadores viven con sus familias y se encargan del terreno, el ganado o de servir a los dueños. Dentro de las estancias no hay escuelas, lo que fuerza a estos niños a salir de sus vidas para poder formarse. Esa es la razón por la que hay varios internados en estas zonas.
Las ciudades grandes están lejos y los trabajadores no se pueden permitir ni por tiempo ni por medios llevar a sus hijos y traerlos cada día a las lejanas escuelas, por eso, los dejan en internados como este de San Isidro, dónde los recogen 15 días en las vacaciones de invierno y casi 3 meses en verano. Así desde los 6 hasta los 16,17 o 18 años, estudian, comen, viven y en definitiva crecen aquí.
Me sorprende la cocina, no había visto jamás algo como esto: una estructura de hierro con dos grandes ollas dentro de la estructura y bajo éstas, carbón incandescente casi las 24 horas para preparar en magnitudes de 30 litros, el desayuno, la comida y la cena de pequeños, profesores, voluntarios y religiosos que aquí conviven. En total, cerca de 400 personas. Mirta, la cocinera, remueve con un palo largo la cena mientras recogemos comida suficiente para nosotras en un caldero. Sigo sorprendida por el tamaño de las cacerolas.
De vuelta a casa me detengo en el salón, una foto del recuerdo de otros voluntarios españoles que conozco de oídas. Agosto de 2012 es lo único que pone en el pie de foto; pienso en qué rápidamente nos convertimos en recuerdos; en cómo de diferentes serán sus vidas un año más tarde de vivir aquí. Si en España se habrán dejado llevar por la penumbra de la crisis o si seguirán con estos 300 en el corazón...Reconozco a Pablo, uno de los voluntarios que varias veces me ha dicho cuánto desearía volver, estar ahora mismo viendo su foto desde donde yo estoy, desde el km 280 de la ruta transchaco y volver así a este campamento de verano gigante. Pablo, los niños no os olvidan, quédate tranquilo :)
Pronto me quedo dormida, esperando que llegue pronto la mañana para conocer a los pequeños.

viernes, 30 de agosto de 2013

CAPÍTULO 50: VIAJE A POZO COLORADO: RECUERDOS DE LO QUE SE QUEDÓ EN EL TINTERO.



De nuevo en el colectivo (autobús)esta vez a 3 horas de Asunción. Mientras salimos de la ciudad rumbo a la nada más absoluta, voy recordando todas aquellas historias, detalles que se quedaron por el camino. Así que dedicaré este capítulo a esas pequeñas historias que por falta de tiempo se quedaron en el tintero. Unas son bonitas y entrañables, otras mejor no olvidarlas por su crueldad y aquellas más superficiales,  para los viajeros de paso.
LORENZA DE LOS MILAGROS: LA NIÑA BASURA.
En una bolsa de plástico dentro de un contenedor de hierro algo lloraba. Los basureros que estaban recogiendo la zona abrieron pensando que era perro o un gato, era un bebé recién nacido. Justo en el contenedor en frente de la casa de las hermanas de San José de Cluny, en una zona con casas bastante buenas y gente medio pudiente. En la calle carretas, en la puerta de una gran casa apareció Lorenza. 


Y es precisamente ahí en el año 2005 cuando sucedió esa historia. Desde entonces cada diez de Agosto, los dueños de la casa organizan una ceremonia para velar por su alma delante de la lápida donde su cuerpo descansa. Allí en un rincón del jardín y convertida en ángel de la guarda, se dice que protege a todos los niños de la zona que cada diez de agosto se acerca a esa casa para visitarla y tomar una gran chocolatada en su honor. No hace falta que aclare, que tras varios días en el hospital luchando por su vida, la pequeña  Lorenza murió.
EL COLECTIVO, EL CAMBIO Y LAS CANTIGAS
Cuando llegas a un país desconocido, el cambio de moneda o lo hacemos ya desde el lugar del que partimos ,o corremos a hacerlo en el aeropuerto en cuanto aterrizamos. En el caso de Asunción os lo desaconsejo totalmente. El puesto de cambio situado al lado de la cinta de equipajes es un completo robo a mano armada. Imaginaos que el cambio está a 5.450 la compra y a 5.950 la venta. Pues en el aeropuerto os van a dar  al menos 1000 menos la venta. Es decir que cambié 100 euros por cerca de 436.000 guaraníes en lugar de casi 550.000. Os aconsejo un banco del centro y que comparéis precios por zonas porque varía mucho. Vine a perder más de 16 euros en el aeropuerto.
En cuanto al autobús, ya sea urbano o media distancia, va a ser una chatarra con ruedas. Eso sí, si queréis ver algo típicamente paraguayo,  el colectivo lo es. Lo es por su particular forma y colores, por como se para y hasta por como uno se sube y se baja. Ahora mismo, el precio de cualquier trayecto urbano son 2000 guaraníes (aunque quieren subirlo a 2500), es decir, menos de 35 céntimos de euro. Debes saber también que hay paradas, pero no se respetan por los usuarios. Cualquiera puede levantar el brazo en mitad de la calle y subirse casi en marcha; y lo mismo para bajarte, por lo que en unos 100 metros puedes parar hasta 3 veces dependiendo de la vagancia del personal. Lo dicho, paciencia.
Las cantigas, son pequeños puestos de comida típica : panchos, empanadas, tortillas, etc. que hay al salir en las iglesias, mercados, rodeando una feria, en una calle cualquiera o en algún evento o fiesta. Son lugares en los que por 50 céntimos te comes un perrito caliente pequeño y si tienes dos euros puedes degustarlo todo.

HORRIBLES HISTORIAS VARIAS.
Uno en este tipo de viajes solidarios, se encuentra con realidades tan duras que son difíciles incluso de transmitir, y la gente que lleva tiempo viviéndolas parece que se vuelve de acero. Una de estas historias, surgió ayer durante la comida cuando hablábamos del caso que os conté en Capi´Ibary de la niña a la que sus padres vendieron sexualmente hablando por una caja de cerveza y un pollo. Una de las hermanas, escuchando lo terrible de la historia se acordó de una niña que trataron hace un par de años en el comedor, estaba en silla de ruedas porque cuando era un bebé su padre  o padrastro (no está aclarado) abusó de ella de tal forma que le rompió la columna vertebral. La dejó tetrapléjica.
Una de las madres ha llegado al comedor con un ojo morado; al parecer su marido y ellas se pelean constantemente por los celos de ella. Las palizas de ambos se suceden, como no, delante de sus hijos, que luego llegan al comedor y no dudan en levantarle la mano a cualquiera  en cualquier momento.
Hace un tiempo ya, que la hermana Esther y la hermana Ilda, me contaron sendas historias relacionadas con chicos del comedor que ya eran mayores y en las que corrieron peligro sus vidas. Esther contaba que intentando separar a dos hermanos ya adolescentes que casi se matan. Se abalanzó sobre la espalda de uno de ellos para sujetarle los brazos. Éste, de la bronca que le dio de no poder pegarle al otro, agarró una piedra y se la tiró a Esther a la cabeza. Gracias a Dios sus reflejos fueron gráciles y apartó al cabeza. De otra forma se la hubiera abierto sin duda alguna o algo peor.
Ilda, por el contrario, intentaba corregir a uno de estos adolescentes, que al parecer era muy agresivo y conflictivo. Entonces este chico se dirigió a ella, la agarró del cuello y casi la levanta. Ella cuenta (si ahora tiene 25 y esto fue hace años ya, imaginaos su juventud), que se quedó quieta, inmóvil y no le miró a los ojos. Dice que sólo rezaba para que pasara rápido. Así fue, el chaval la soltó y le dio un puñetazo a la pared.

La ciudad ya no existe. Las casas más humildes y copetines se intercalan con las palmeras y la estepa. Cada vez más palmeras, más estepa y un cielo gris que augura lluvia. Nos vemos en Pozo Colorado.